
Sobre la “Mecánica de los afectos” en Baruj Spinoza.
“La mayor parte de los que han escrito acerca de los afectos y la conducta humana, parecen tratar no de cosas naturales que siguen a las leyes ordinarias de la naturaleza, sino de cosas que están fuera de éstas. Más aún: parecen que consideran al hombre, dentro de la naturaleza, como un imperio dentro de otro imperio. Pues creen que el hombre perturba, más bien que sigue, el orden de la naturaleza… Atribuyen además la causa de la impotencia en inconstancias humanas, no a la potencia de la naturaleza, sino a no sé qué vicio de la naturaleza humana…Nada ocurre en la naturaleza que pueda atribuirse a vicio de ella; la naturaleza es siempre la misma, … son siempre las mismas, en todas partes, las leyes y reglas naturales según las cuales ocurren las cosas y pasan de unas formas a otras… ”
Baruj Spinoza
Baruj Spinoza
Spinoza denomina afecto a una acción o pasión. Una acción es cuando“...actuamos, cuando ocurre algo, en nosotros o fuera de nosotros, de lo cual somos causa adecuada...” En cambio, una pasión es cuando “...padecemos, cuando en nosotros ocurre algo, o de nuestra naturaleza se sigue algo, de lo que no somos sino causa parcial.”
“Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance,
por perseverar en su ser.”
por perseverar en su ser.”
Apenas leo esta proposición de Spinoza pienso en el principio de inercia y me reconforto al leer en la nota al pie de mi libro la interpretación de V. Delbos que la presenta como una generalización metafísica de dicho principio. Y aclara: “… es posible, desde luego, ver en el principio de la inercia la expresión física de una ley filosófica de identidad…”. Inmediatamente asocio: «lo que está en movimiento se mantendrá en movimiento, y lo que está en reposo permanecerá en reposo mientras un fuerza externa no le haga cambiar su estado» y pienso, paralelamente, en una especie de “instinto” de supervivencia, en un principio de autoconservación. Y el mismo Spinoza parece responder a mi punto de vista cuando dice que:
“…nadie deja de apetecer su utilidad, o sea, la conservación de su ser, como no sea vencido por causas exteriores y contrarias a su naturaleza…”
Pero ¿qué significa “apetecer”?
“… apetito es la esencia misma del hombre, en cuanto determinada a obrar aquellas cosas que sirven para su conservación…”
“...entre apetito y deseo no hay diferencia alguna, si no es la de que el deseo se refiere generalmente a los hombres, en cuanto que son conscientes de su apetito, y por ello puede definirse así: el deseo es el apetito acompañado de la conciencia del mismo. Así pues, queda claro, en virtud de todo esto, que nosotros no intentamos, queremos, apetecemos ni deseamos algo porque lo juzguemos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo intentamos, queremos, apetecemos y deseamos.”
Este conatus o esfuerzo, es el apetito o deseo que es la esencia propia del hombre. Pero ese deseo tiene, por así decirlo, dos aspectos, uno positivo, la alegría, y otro negativo, la tristeza, uno que le juega a favor y otro, en contra.
“La tristeza disminuye o reprime… la potencia del obrar del hombre, esto es… disminuye o reprime el esfuerzo que el hombre realiza por perseverar en su ser... cuanto mayor es la tristeza, tanto mayor será la potencia de obrar con la que el hombre se esforzará por apartar de sí esa tristeza... Además, puesto que la alegría… aumenta o favorece la potencia de obrar del hombre, … el hombre afectado de alegría no desea otra cosa que conservarla...Y por último, puesto que el odio y el amor son los afectos mismos de la tristeza y la alegría, se sigue de igual modo que el esfuerzo, apetito o deseo que brota del odio o del amor será mayor en proporción a esos odio y amor. “
Mi interpretación difiere de la de Gerardo Matía Cubillo que sostiene que “el principio del conatus por el que se rige el hombre... tiene su contrario natural en la pasión de la tristeza... La tristeza -dice- es una pasión contraria a la naturaleza del hombre porque disminuye o reprime su potencia de obrar. De modo general, las pasiones resultan contrarias a la naturaleza humana en la medida en que producen tristeza en el hombre”. A mi modo de ver, la tristeza no es una pasión contraria a la naturaleza humana ya que es uno de los dos aspectos –junto con la alegría- del apetito o deseo que es la esencia misma del hombre. ¿Cómo podríamos decir, entonces, que una pasión no es natural? Tristeza, alegría y deseo (que las incluye a ambas) forman ese impulso necesario del cual el hombre no puede “escapar”. En todo caso, podemos hablar de contrarios u opuestos entre alegría y tristeza, pero nunca de que ellos son contrarios a la naturaleza humana. Además, ¿qué existe que pueda ser contrario a la Naturaleza si, según Spinoza, ella misma es Dios? Y, por lo tanto, ¿qué pueda ser contrario a Dios?
El mismo Spinoza dice:
“Los afectos tales como el odio, la ira, la envidia, etc., considerados en sí, se siguen de la misma necesidad y eficacia de la naturaleza que las demás cosas singulares, y, por ende, reconocen ciertas causas, en cuya virtud son entendidos, y tienen ciertas propiedades, tan dignas de que las conozcamos como las propiedades de cualquier otra cosa en cuya contemplación nos deleitamos.”
Alegría y tristeza son las dos pasiones fundamentales de las que se derivan todas las demás. La alegría consiste en pasar de una perfección menor a otra mayor, y, por consiguiente, es una expresión de una expansión de nuestro ser; mientras que la tristeza es el paso de una perfección mayor a otra menor, y, por tanto, es un repliegue de nuestro ser. Las pasiones alegres son siempre buenas, cualquiera que sea su grado, porque son prueba del éxito de nuestro ser; las pasiones tristes son siempre malas, porque son prueba del fracaso de nuestro ser.
Spinoza deriva, a partir de estos afectos fundamentales, todos los demás, y normalmente los explica en términos de asociación. En este punto F. Copleston plantea como necesaria una distinción de suma importancia: la diferencia entre los afectos pasivos y los activos. Dependiendo de la condición psico-física de cada persona, de qué cosa le cause, en un momento dado, alegría o tristeza , y, una vez establecida la asociación entre una cosa determinada y la alegría o tristeza causada, esa persona tiende necesariamente a amar u odiar esa cosa y a llamarla “buena” o “mala”. Considerados de ese modo, los afectos son “pasivos”; son, propiamente hablando, “pasiones”. La persona es dominada por ellas.
“Hombres distintos pueden ser afectados de distintas maneras por un solo y mismo objeto, y un solo y mismo hombre puede, en tiempos distintos, ser afectado de distintas maneras por un solo y mismo objeto”.
Así pues, lo que un hombre ama, otro lo odia, y a lo que un hombre llama “bueno” otro puede llamarlo “malo”. Pero aunque se pueda distinguir a los hombres según sus diferentes afectos, no por ello queda lugar a los juicios morales, puestos que éstos implican que un hombre es libre para sentir como le agrade y para determinar libremente sus juicios sobre lo bueno y lo malo. Pero aunque todos los afectos hacen referencia a la felicidad, a la tristeza o al deseo, no todos los afectos son pasivos. Porque hay afectos activos que no son meramente reflejos pasivos de modificaciones corporales, sino que dimanan de la mente en cuanto ésta es activa, es decir, en cuanto que entiende. Solamente pueden ser afectos activos los afectos de alegría y deseo ya que derivan de la mente. El progreso moral es, pues, paralelo al progreso intelectual, o, mejor, es un aspecto del único progreso, puesto que los afectos pasivos son llamados ideas inadecuadas o confusas, y los afectos activos, ideas adecuadas o claras.
El conocimiento inadecuado que tenemos de nuestro cuerpo, de nuestra alma y de la realidad, es el origen de nuestras pasiones y que hace que, en lugar de actuar, padezcamos.
Un afecto es una condición corporal y, a su vez, la idea de esa condición. Las ideas, según Spinoza, no tienen efectos físicos, pero cada una de ellas produce una modificación en el cuerpo. Con esto está estableciendo una relación inseparable entre el mundo de las ideas, el alma, y el mundo de los afectos, el cuerpo. Pero tengamos en cuenta que el afecto en sí no implica una relación intelectual de las ideas, sino que es el pasaje de un grado de perfección a otro, determinado por el grado de perfección de las ideas, pero que, en sí mismo, el afecto no es una idea sino, en todo caso, la idea de las afecciones que en él intervienen. Y es importante hacer hincapié en ese “pasaje” porque si los afectos quedasen estancados en el padecimiento, entonces el hombre sería una especie de autómata, un siervo.
“Llamo servidumbre a la impotencia humana para moderar y reprimir sus afectos, pues el hombre sometido a los afectos no es independiente, sino que está bajo la jurisdicción de la fortuna, cuyo poder sobre él llega hasta tal punto que a menudo se siente obligado, aun viendo lo que es mejor para él, a hacer lo que es peor.”
El hombre supera ese automatismo o servidumbre espiritual a través del conocimiento de las causas de los efectos. Opuesta a la servidumbre de los afectos pasivos está la vida de la razón, la vida del sabio. Esta es la vida de la virtud: porque “...actuar absolutamente según la virtud no es otra cosa que obrar, vivir o conservar su ser (estas tres cosas significan lo mismo) bajo la guía de la razón, poniendo como fundamento la búsqueda de la propia utilidad.” Lo útil es aquello que conduce verdaderamente a comprender, y lo nocivo o malo es aquello que nos impide la comprensión. Comprender es liberarse de la esclavitud de las pasiones.
“Un afecto que es una pasión deja de ser pasión tan pronto como nos formamos de él una idea clara y distinta.”
Nótese, con todo, que esa salvación por medio del conocimiento no implica la supresión de los afectos sino la utilización racional de los mismos.
“...cada cual tiene el poder -si no absoluto, al menos parcial- de conocerse a sí mismo y conocer sus afectos clara y distintamente y, por consiguiente, de conseguir padecer menos por causa de ellos…”
A tal fin el hombre deberá evolucionar desde las ideas afecciones, que son ideas inadecuadas, hacia las ideas nociones y las ideas esencias, que son ideas con un mayor grado de perfección, son ideas adecuadas. La razón es lo que le va a dar una clara idea de lo que hace, y por lo tanto le permitirá que sea la causa de sus acciones, y no simplemente un efecto de fuerzas externas. Implica abandonar el mundo de las pasiones como el mundo de los padecimientos pasivos ante los acontecimientos de la realidad, por el mundo activo de las acciones, desde el deseo de ser un hombre libre.
En ese recorrido las pasiones, al igual que las ideas, transitan los tres grado de conocimiento. En una reseña que hace Felipe Giménez nos dice:
En el primer grado de conocimiento, las pasiones son repercusiones afectivas del conocimiento imaginativo, conocimiento de las cosas a través de las modificaciones de nuestro cuerpo, que en Spinoza abarca tanto al conocimiento perceptivo como al conocimiento por imágenes. Las pasiones se alimentan del conocimiento perceptivo, pues, con frecuencia, es la presencia de las cosas mismas la que suscita nuestros deseos y aversiones, nuestras alegrías y nuestras tristezas, nuestros amores y nuestros odios. Pero, sobre todo, hay un estrecho nexo entre la vida de las pasiones y la imaginación. Las leyes de la asociación de ideas regulan las fluctuaciones de la imaginación, determinan también las vacilaciones del alma que son para los sentimientos lo que la duda es para la imaginación, y explican la ambivalencia de los sentimientos. Además, en la medida en que la imaginación desborda el presente en que se desarrolla nuestro destino y suscita en nuestro espíritu imágenes de cosas pasadas y futuras, multiplica nuestras pasiones refiriéndose a seres fantasmagóricos e ilusorios. Vivir bajo el régimen de las pasiones es vivir bajo el régimen de la servidumbre, vivir en función de lo que carecemos y no en función de lo que tenemos.
El hombre puede liberarse por medio del conocimiento intelectual. Se trata del conocimiento del segundo y del tercer género que constituyen el camino y el término de la liberación del hombre respectivamente.
El hombre puede liberarse por medio del conocimiento intelectual. Se trata del conocimiento del segundo y del tercer género que constituyen el camino y el término de la liberación del hombre respectivamente.
El conocimiento del segundo grado, designado en la Ética por la palabra "razón" es conocimiento por "nociones comunes", principios de la física (extensión, movimiento y reposo) y por las ideas adecuadas que de ellas se derivan. Este conocimiento es la ciencia misma considerada en su dinamismo interno intelectual. Liberado de la influencia de la imaginación, se halla próximo por su objetividad al conocimiento que Dios tiene de las cosas. Por otra parte, si va acompañado de certeza, no es debido a su indubitabilidad -pues la certeza no es ausencia de duda, sino idea de la idea verdadera- sino porque este conocimiento es norma de sí mismo y de lo falso. Y es norma de sí mismo porque, si uno se coloca en el punto de vista del entendimiento de Dios, las esencias objetivas, lo que existe a título de idea, y las esencias formales, lo que les corresponde en las cosas, son idénticas en cuanto a estructura y a su dinamismo interno, y al mismo tiempo, debido a la unidad de Dios, su encadenamiento es rigurosamente el mismo; y norma del error, porque las ideas adecuadas, ideas totales y totalizantes, denuncian por la superioridad de su fuerza de afirmación, la pretensión de las ideas inadecuadas de erigirse en ideas totales y las ponen en el sitio que les corresponde.
El conocimiento verdadero pone de relieve la "luz natural", pero la luz del espíritu -debido al conatus de las ideas adecuadas- es también fuerza y esta fuerza, regeneradora y salvadora, nos hace pasar del régimen de la pasión al régimen de la virtud. La virtud es la excelencia en la conservación de sí mismo.
Cuando estamos sometidos a las pasiones, nuestro conatus sufre la ley de las causas exteriores y nuestra vida se halla así disminuida. Cuando vivimos bajo el régimen de la virtud, actuamos libremente, conservándonos a la luz de la razón y tomando conciencia, por una comprensión adecuada de todas las cosas, de aquello que positivamente somos, independientemente de las fuerzas extrañas que nos asalten y atraigan de todos los lados. La virtud es la verdadera vida. Ser virtuoso es ser feliz, obrar bien y vivir bien. Dado que la virtud es la manifestación en la vida práctica del conocimiento adecuado, se comprende cómo puede vencer las pasiones sin reducir lo que en ellas hay de positivo.
Del conocimiento verdadero nacen deseos que pueden superar los deseos que nacen de las ideas inadecuadas, pero si la negación -que la pasión lleva consigo- es reducida a la luz de la razón, lo que en ella hay de dinámico subsiste en la afección que nace de la razón. La virtud es salvadora, nos une a nosotros mismos, ya que el hombre virtuoso se ama auténticamente al amar lo que constituye el principio de su poder; a los demás, ya que busca el conocimiento verdadero, accesible en toda su plenitud a todos los hombres; y a Dios, pues el conocimiento verdadero, que concibe a las cosas en su relación con Dios, implica necesariamente el conocimiento de Dios.
La virtud nacida del segundo género de conocimiento es un aumento del poder. Pero esto no es poder en el sentido absoluto de la palabra. Son los deseos de la razón, nacidos de la razón. Sólo una pasión surgida de la razón puede enfrentarse con las pasiones surgidas de las ideas adecuadas y además ha de ser más fuerte que ellas.
"Un afecto no puede ser reprimido ni suprimido sino por medio de otro afecto contrario y más fuerte que el que ha de ser reprimido."
El conocimiento de tercer grado progresa desde la esencia formal de ciertos atributos de Dios hasta el conocimiento adecuado de las esencias de las cosas consideradas como esencias activas, en su singularidad y eternidad. Conocer intuitivamente una cosa es conocer inmediatamente y sin intermediarios la esencia singular de una cosa en su relación directa con la esencia inmutable e infinita de Dios; conocerla tal cual Dios la conoce en sí misma, independientemente de las modificaciones que sufre por la acción de las causas exteriores y extrañas a su naturaleza.
Cuando yo me capto en mi pureza alcanzo la perfección en el amor a mí mismo, que es a la vez un retorno a sí y un retorno a Dios, en cuanto es amor de sí, acompañado de la idea de Dios como causa. La ciencia intuitiva de Dios es amor Dei intellectualis. Ser libre es coincidir con Dios mismo y sentir en él nuestra propia eternidad.
"nada es más útil al hombre que el hombre... nada pueden desear los hombres que sea mejor para la conservación de su ser que el concordar todos en todas las cosas, de suerte que las almas de todos formen como una sola alma, y sus cuerpos como un solo cuerpo, esforzándose todos a la vez, cuanto puedan, en conservar su ser, y buscando todos a una la común utilidad; de donde se sigue que los hombres que se gobiernan por la razón, es decir, los hombres que buscan su utilidad bajo la guía de la razón, no apetecen para sí nada que no deseen para los demás hombres, y, por ello, son justos, dignos de confianza y honestos".
El hombre experimenta una gran alegría cuando comprende clara y distintamente las propias pasiones y conoce verdaderamente las cosas conociendo a Dios. Cuanto más conocemos las cosas más conocemos a Dios. El amor intelectual de Dios es la alegría que nace de la conciencia del amor con que Dios se ama a sí mismo. El hombre es libre si piensa con claridad y distinción, si lo hace con la razón y por supuesto, si lo hace con la intuición. Esto le conduce a superar sus pasiones, el estado de esclavitud en el que queda encadenado por los afectos. Esto culmina en la beatitud. Así, el que ha logrado esa libertad, el sabio, no tiene que pensar en la muerte. El amor intelectual de Dios considera las cosas sub aespecie aeternitatis. Este amor es Beatitudo, pues la alegría que va unida al amor con que Dios se ama a sí mismo no es ya el paso de una perfección menor a otra superior, sino gozo de la perfección misma. Es inmortalidad del alma, pues yo sé que lo que en mí perece después de la muerte es solamente aquello que depende del estado de mi cuerpo en cuanto se halla sometido a las condiciones exteriores, y que, en cambio, mi esencia singular, comprendida en los atributos de Dios, escapa a la prueba del tiempo y subsiste eternamente. Es libertad, pues unido a Dios, yo existo como él por la sola necesidad de mi naturaleza. Es gloria, alegría suprema que el hombre experimenta al darse cuenta, en su unión con Dios, de la participación que tiene en el poder de Dios, con el cual éste manifiesta su presencia en el mundo.
Copleston, al referirse al amor de Dios del que habla Spinoza como “nuestra salvación, beatitud o libertad”, destaca que el amor intelectual de Dios no tiene que interpretarse en sentido místico, o en el sentido de amor a un ser personal. El lenguaje, dice, es muchas veces un lenguaje religioso, y quizás exprese una piedad personal, pero, de ser así, esa piedad personal arraigaba en la educación religiosa de Spinoza más bien que en un sistema filosófico. Por lo que respecta al sistema en sí mismo, el amor en cuestión es más afín al placer o satisfacción mental que acompaña a la visión del hombre de ciencia de una explicación completa de la naturaleza que el amor en el sentido de amor entre personas. Y si se recuerda que Dios es la naturaleza, no habrá que sorprenderse ante el famoso dicho de Spinoza: “el que ama a Dios no puede esforzarse en que Dios le ame a su vez” .
Vidal Peña es más tajante aún cuando dice que Spinoza, cuando remata su Ética con el amor intelectual de Dios, se refiere a que ese Dios al que se ama no puede amarnos. Conocerlo, dice Vidal Peña, no es fundirnos en el regazo que nos ofrece la vida supraterrena, la cancelación de toda alienación, sino permanecer “muy consciente de sí y de las cosas”, sabiendo que la salvación no está en otro mundo, ni en un mundo “mejor”, sino en éste. “La felicidad no es el premio a la virtud, sino la virtud misma”. Ello no impide que hagamos el esfuerzo por un mundo mejor, pero sí impide creer que ese mundo vaya a ser “mejor” porque nos halague. A fin de cuentas no hay muchas probabilidades de que la superación de nuestras actuales condiciones de vida -tal y como esa superación parece posible -no en el reino de Utopía- vaya a proporcionarnos grandes placeres. Y, sin embargo, esa superación se nos impone. Colaborar con esa imposición parece, pues, más sabio que ignorarla o disfrazarla de imposibles maravillas.
Qué más, entonces, que esforzarnos en vivir “alegremente”, si, al fin y al cabo, las cartas ya están echadas.
BIBLIOGRAFÍA
Copleston, F. Historia de la filosofía. Vol IV . Traducción de J. C. García Borrón. Ed. Ariel, Barcelona, 2001.
Spinoza, Baruj. Ética demostrada según el orden geométrico. Introducción, traducción y notas de Vidal Peña. Ediciones Orbis S.A. 1984, Buenos Aires.
INTERNET
Giménez, Felipe. Profesor de filosofía de IES. Recursos pedagógicos para filosofía. Cuaderno de Materiales Lecciones sobre Espinosa. http://www.filosofia.net/materiales/tem/espinosa.htm
Matía Cubillo, Gerardo O. B. Spinoza: Teoría de los afectos y pensamiento político http://usuarios.lycos.es/spinoza/b.htm.



