
Sobre las dimensiones éticas de la estética en Kant
y de cómo hacer de la vida una obra de arte.
y de cómo hacer de la vida una obra de arte.
En el presente trabajo pretendo analizar el papel que ocupa la estética kantiana en relación con su ética y, sobre todo, las jerarquías que el autor les da a cada una de ellas. Tal análisis tiene como finalidad hacer una extrapolación en el tiempo y sugerir una propuesta, acorde a los tiempos que nos tocan vivir, que tome en cuenta a la estética como herramienta propedéutica de la moral, como sugiere Kant, pero que también logre hacer que la moral sirva, a su vez, como propedéutica para fortalecer el gusto. Es decir, no sólo considerar lo bueno como sustrato de lo bello sino, también, considerar lo bello como sustrato de lo bueno.
Para dicho análisis trabajaré principalmente con La crítica del juicio y La crítica de la razón práctica de Kant, y seguiré los pasos de Jacobo Kogan en la interpretación que hace sobre este autor en dos de sus obras: La estética de Kant y sus fundamentos metafísicos y Filosofía de la imaginación. Función de la imaginación en el arte, la religión y la filosofía.
Adentrándome ya en la obra kantiana voy a circunscribirme en torno a la Analítica de lo bello y de lo sublime. ¡Allí vamos!
Lo bello y lo sublime coinciden en que aspiran a un sentimiento de placer y no al conocimiento del objeto. Ambos suponen un juicio de reflexión que maneja conceptos indeterminados y que, aún siendo subjetivos, tienen pretensión de universalidad. Sin embargo, entre ambos, existen grandes diferencias. Lo bello nos dispara un sentimiento relacionado con la naturaleza fenoménica y, por lo tanto, con una realidad exterior ubicada en el espacio y el tiempo. Lo sublime, por el contrario, nos enfrenta a nuestra propia existencia, ya que ni en el océano ni en la tempestad radica lo sublime, sino en nosotros. “Nada de lo que es objeto de los sentidos, dice Kant, puede llamarse sublime.”
Si lo bello se manifiesta ante la forma de un objeto (limitación), lo sublime se refiere a un objeto sin forma (ilimitación), a lo “absolutamente grande ”, lo infinito que sólo puede ser pensado: en lo bello, lo que atañe a los sentidos, se pone en juego la facultad del entendimiento; en lo sublime, en lo que excede toda medida, sólo puede participar la facultad suprasensible de la razón.
Mientras que en lo bello la satisfacción implica una excitación directa de las fuerzas vitales, en lo sublime esas fuerzas vitales quedan suspendidas momentáneamente. Si lo bello puede ser considerado como un placer positivo, por el contrario, lo sublime se presenta, en un primer momento, como un placer negativo, como un sentimiento de admiración, incompatible con toda especie de encanto: el espíritu se siente atraído y repelido a la vez.
Haciendo referencia a este último punto en particular, y siguiendo el análisis de Kogan , podemos decir que este sentimiento de admiración que se produce en lo sublime está emparentado con el sentimiento de respeto hacia la ley moral. Dirá Kogan: “Al igual que el sentimiento moral, se compone de dos momentos sucesivos: el primero negativo, de dolor, que proviene del daño que sufre el amor a sí mismo en la representación de la ley moral , y que en el sentimiento de lo sublime consiste en la impotencia de la imaginación por abarcar lo infinito; el segundo positivo, de gozo, que en lo ético es el sentimiento valorativo de la moralidad, que eleva al hombre por encima de sí mismo (como parte del mundo de los sentidos) enlazándolo con un orden de cosas que sólo el entendimiento puede pensar ; y en lo sublime se origina que el esfuerzo vano de la sensibilidad por abrazar la inmensidad es llevado a cabo por nuestra inteligencia contemplativa, y las potencias avasalladoras de la naturaleza son afrontadas en esta contemplación estética sin que nos aniquilen en el temor, poniendo de relieve, por contraste, nuestra libertad por encima de toda inquietud de los sentidos. El sentimiento que experimentamos en ambos casos deriva de la aprehensión de un valor superior en nuestra condición humana que se sobrepone a las limitaciones de la existencia empírica y que realizamos en el acto de contemplación estética y de la libre acción ética. ”
En ambos sentimientos, el de lo moral y el de lo sublime, la referencia la cosa en sí señala la naturaleza suprasensible en el sujeto. Sin embargo la cosa en sí no será nunca conocido sino simplemente pensado. Ante la imposibilidad de conocer lo en sí la imaginación queda anonadada y es así que surge en nosotros un sentimiento negativo de opresión, de displacer; pero la simple posibilidad, al menos, de pensar lo ilimitado, de darnos cuenta de que existe algo más allá, aunque sea inaprensible por el conocimiento, trueca ese sentimiento de displacer en gozo. Así, el ánimo es sensible a la ley moral, suscitando en él un sentimiento de respeto y cuyo cumplimiento le procura un sentimiento de placer espiritual.
Tanto la belleza como la moralidad tienen en común el hecho de que ambas «miran hacia lo inteligible» , elevándose de lo sensible a lo suprasensible. La interpretación más común de Kant considera que la belleza es una etapa de inferior jerarquía con respecto a la moral y que sólo facilita el acceso a ella, como un estado preparatorio. Así, el ideal del arte es la expresión de lo moral y la belleza es símbolo de la moralidad. Tal estado de superioridad de lo moral por encima de lo estético se debe, según lo plantea Kogan, a un obstinado empeño que puso Kant para conservar a toda costa el primado de la ética. Sin embargo, señala Kogan, esta superioridad jerárquica de la ética frente a la estética se halla debilitada por un párrafo, también de la Crítica del juicio, en el que el desarrollo de las ideas morales y la cultura del sentimiento moral aparecen como propedéutica para fortalecer el gusto. Dice Kant: “…la verdadera propedéutica para fundar el gusto es el desenvolvimiento de las ideas morales y la cultura del sentimiento moral, porque solamente a condición de que la sensibilidad esté de acuerdo con este sentimiento, es como el verdadero gusto puede recibir una forma determinada e inmutable”.
Si esto es así, ¿qué es lo que podría sustentarlo? Si volvemos a lo dicho anteriormente, podemos recordar que habíamos propuesto la idea de que el sentimiento de lo sublime estaba por encima del de lo bello y que estaba emparentado de forma directa con el sentimiento moral porque ambos apelaban a la razón (mientras que lo bello apelaba al entendimiento). Hasta aquí podemos hablar, a pesar de Kant, de dos planos distintos sin la necesidad de establecer ninguna jerarquía de uno sobre otro. También habíamos mencionado que en el sentimiento de lo sublime surgía un estado de admiración que era el correlato estético del sentimiento de respeto hacia la ley moral. Ambos sentimientos provocaban un placer particular, un placer espiritual. Pero hay que tener en cuenta que este tipo de placer espiritual que Kant plantea como excelso en sus obras destinadas a la ética, en la Crítica del juicio cobra otra dimensión. Si en La crítica de la razón práctica le adjudicaba al sentimiento moral un carácter desinteresado, en su obra sobre estética, lo considera como persiguiendo algún tipo de interés. No se trata de un interés utilitario y egoísta sino de uno que resulta del ejercicio de la buena voluntad, pero sin embargo sigue persiguiendo un tipo de interés al fin. En cambio, el sentimiento estético aparece como totalmente desinteresado. “La contemplación estética, dirá Kogan, no persigue nada: se entrega a lo dado. Su valoración de la belleza enraizada justamente en ese desinterés, es un sentimiento de haberse liberado de todos los afanes. El ánimo se siente desprendido de todo deseo (…) Es la actitud ideal del genuino afán de saber, si éste fuera posible sin conceptos. La materia dada (…) es simplemente aprehendida en su presencia y ésta libre aprehensión nos produce un placer estético.”
Es en el dominio de la estética, a mi entender, donde el individuo es plenamente libre. Libre no sólo en el acto creativo sino ante la contemplación de la obra de arte. Este pleno desinterés y máximo grado de libertad de lo estético es lo que lo pone por encima de lo ético, pero no como algo ajeno a él sino como algo que lo implica. Y en este orden. Si es que fuera necesario ponerle alguno.
Kant habla de lo moral como materia o contenido de lo estético, la forma. Ésta puede ser una manera de considerar al arte en su época, pero aquí me gustaría hacer una extrapolación y apoyarme en él para dar un salto hacia la época actual.
Sintetizando en extremo, podemos decir que desde que Kant escribió su Crítica del juicio hasta ahora, el arte ha ido cambiando sus cánones: el concepto de lo bello ha incorporado, por ejemplo, al de lo feo. Y el límite entre ambos se ha ido desdibujando paulatinamente hasta culminar, si se quiere, en un arte abstracto. El artista ya no busca plasmar en su obra un sentimiento moral; lo que busca es, principalmente, expresarse a sí mismo y conmover. Y este modo de conmover puede, incluso, responder a sentimientos inmorales o amorales. Pero no es mi intención explayarme en este tema sino dar un giro, y no circunscribir al arte al plano exclusivo de las “Bellas artes” sino de traerlo a la vida cotidiana, a la vida de cualquiera, incluso a la de aquéllos que no creen poseer ningún talento o don artístico. ¿Y por qué digo esto? Volvamos un poco al punto de partida de donde surgió todo esto: la estética como propedéutica de la ética. En este sentido, aquello que es bello lo es porque es bueno. Si es bueno, agrada. Nada me agradaría si no lo considerara bueno, más allá de lo que cada uno considere como bueno o bello. En este sentido, lo bueno estaría como base o sustento de lo bello. Si esto es así, entonces Kant estaría en lo cierto cuando afirma que “la consideración de esta analogía [la belleza como símbolo de la moralidad] es frecuente aun entre las inteligencias vulgares, y se designan muchas veces objetos bellos de la naturaleza o del arte, por medio de nombres que parecen tener por principio un juicio moral. Se califica de majestuosos y de magníficos árboles o edificios: se habla de campos graciosos y que ríen: los colores mismos son llamados inocentes, modestos, tiernos, porque excitan sensaciones que contienen algo análogo a la conciencia de una disposición de espíritu producida por juicios morales. El gusto nos permite de este modo pasar, sin un salto muy brusco, del atractivo de los sentidos a un interés moral habitual (…)”
Símbolo es símbolo de algo, existe algo previo que lo determina. Pero la realidad cotidiana muchas veces no nos permite ver aquel soporte determinante y sólo nos quedamos en lo superficial sin ir más lejos. Pero es preciso ahondar más aún y hacer un giro por elevación: reformular la propuesta kantiana y considerar no sólo a la belleza como símbolo de la moralidad sino también, como propone Kogan, a lo moral como símbolo de la belleza. En este sentido se invertirían los roles y la belleza sería el soporte fundacional de la ética. ¿Cuál es la necesidad de este replanteo? Trabajar con conceptos que son más afines a la realidad actual: creo que es mucho más fácil, en esta cultura que hace tanta apología de la belleza y que deja tan poco lugar a la ética, partir de conceptos más cercanos y familiares. No hacer que lo bello sea representación de la moral, sino hacer que la moral sea representación de lo bello. Si está de moda ser bello, hagamos bella a la moral y pongámosla de moda.
Kant quizás se horrorizaría al leer estas palabras: ¿pero por qué no partir de lo placeres sensibles, utilitarios y egoístas?, ¿por qué no transitar, luego, los placeres que surgen de la creación y la contemplación artística?, ¿por qué no aprehender, a través de ellos, el placer derivado de la actividad moral? Y así llegar a la formulación de que no sólo es bueno lo que es bello sino que también es bello lo que es bueno. Se trata de comprender la ética desde el punto de vista estético y no porque lo bello sea simplemente simbología sino porque tiene valor en sí mismo, mucho más aprehensible y comprensible. Y así como la belleza actuaría como propedéutica de lo ético, también lo ético podría transformarse, a su vez, en propedéutica de la belleza. Porque lo estético ahonda más profundo en el alma humana, la moviliza sin “razón” o con esa razón kantiana que persigue un ideal aunque nunca llegue a alcanzarlo. Razón estética que no se pregunta por los conceptos, que no le importan, ya que su naturaleza es el sentimiento desinteresado por completo. Para ser una persona ética hay que tener “buena voluntad”, para ser una persona estética, eso no importa. Pero, sin embargo, es más fácil aprender a ser éticos partiendo del placer por lo bello que metiéndonos de lleno en lo valores morales. ¿No resulta fastidioso que haya una ley que nos determine cómo obrar? Por más que esa ley surja de la voluntad autónoma. En cambio, en este mundo tan hedonista, es mucho más sencillo actuar por aquellas cosas que nos dan placer. Ahora, el desafío es cómo hacer para que el bien resulte en algo bello que plazca.
Propongo un ejercicio de imaginación: supongamos que nuestra vida es una gran obra de arte de la cual, claro, nosotros somos sus artistas; supongamos que cada uno de nuestros actos sea una obra en sí misma, una pintura o una foto que inmortalice, para siempre, nuestro actuar. Todas y cada una de ellas se iría colgando en una galería de infinitas salas para que cualquiera pudiera observarlas, estremecerse con ellas o criticarlas. ¿No desearíamos, acaso, que la gente apreciara nuestro arte, que le gustara…? Es cierto que no podríamos complacer a todos, pero como buenos artistas, y aún siendo fieles a nuestro propio estilo, creo que a la mayoría nos daría mucho placer el ser reconocidos por nuestro mérito. Así, creo yo, debería ser nuestra vida ética, nuestras obras son nuestros actos, que deberían estar a la vista de todos o, por lo menos, hacer como si estuvieran a la vista de todos. Nuestro comportamiento debería ser de tal manera que todo el mundo pudiera verlo y juzgarlo. Si es como Kant dice, -en el juicio estético se pierde el concepto y queda sólo el sentimiento-, lo único que recibiríamos de los otros sería el sentimiento que le provocamos al ser nosotros mismo nuestra propia obra. Y, creo yo, que a la mayoría nos gustaría, por lo menos, recibir respeto, si no admiración y/o amor de parte de esos espectadores aunque anónimos. Por lo menos así es como uno percibe a los artistas. Por algo ellos eligen volverse públicos. Aunque, claro, no son, la mayoría, buenos referentes para sostener esta teoría. Pero salvando las limitaciones que cualquier analogía tiene con respecto a la realidad creo que la idea queda lo suficientemente visualizada como para ser comprendida, y espero ser criticada con piedad por los desaciertos que con ella acometiera y que mi retrato no sea colgado al lado de los “buscados”.
BIBLIOGRAFÍA
Kant, I. Crítica de la razón práctica, trad. de E. Miñana y Villagrasa con M. García Morente, Madrid, 1913.
Kant, I. Crítica del juicio seguida de las observaciones sobre el asentimiento de "Lo bello y lo sublime", trad. de Alejo García Moreno y Juan Rovira. Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 1999. Edición digital basada en la edic. de Madrid, Librería de Iravedra [etc.], 1876 http://www.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=2543.
Kant, I. Crítica del juicio, traducción de García Morente, Buenos Aires, Edit. El Ateneo, 1951.
Kogan, Jacobo, La estética de Kant y sus fundamentos metafísicos, Buenos Aires, EUDEBA, 1965.
Kogan, Jacobo, La imaginación trascendental y la imaginación estética en Kant en Filosofía de la imaginación. Función de la imaginación en el arte, la religión y la filosofía. Buenos Aires, Edit. Paidós, 1986.
