13.4.08

LA ANGUSTiA de KiERKEGAARD ©



“La angustia puede compararse muy bien con el vértigo.
Pero, ¿dónde está la causa de tal vértigo?

La causa está tanto en los ojos como en el abismo.

¡Si él no hubiera mirado hacia abajo!

Así es la angustia el vértigo de la libertad;

un vértigo que surge cuando la libertad echa la vista hacia abajo

por los derroteros de su propia posibilidad,

agarrándose entonces a la finitud para sostenerse.”

Søren Kierkegaard
El concepto de la angustia


En 1844 Søren Kierkegaard escribe el primer libro dedicado exclusivamente al tema de la angustia: El concepto de angustia. Para este autor, la angustia es una experiencia decisiva de la vida del hombre, aquella experiencia en la que el hombre se determina como espíritu o se desconoce como tal.


La libertad

Para Kierkegaard, el individuo es conciencia, es interioridad, es síntesis en acción, es relación consigo mismo y es, sobre todo, libertad. Tomada en este sentido, «existencia» es un término sólo aplicable al hombre. Queda claro que, en este contexto, «hombre» no es tomado como concepto abstracto, sino como un ser real, de carne y hueso, que sufre, que ama, que odia, que se siente aturdido en cuanto se enfrenta a sus propios límites y que no se comprende a sí mismo, pero que, ante todo (y a pesar de todo, sugerirá Sartre) es libre.

“Gracias a mi alternativa, dirá Kierkegaard, aparece la ética. No se trata todavía de la elección de una cosa cualquiera, ni de la realidad de lo que se haya elegido, sino de la realidad de la elección. (…) el hecho de haber amado produce en la naturaleza de un hombre una armonía que jamás se llega a perder del todo; (…) el hecho de elegir confiere una solemnidad a la naturaleza del hombre, una serena dignidad que no se llega a perder nunca (…) Cuando todo está en calma en su contorno, solemne como una noche estrellada, cuando el alma está sola en el mundo entero, entonces se te aparece no un ser superior, sino la potencia eterna en sí misma, el cielo como que se abre, y el yo se elige a sí mismo o, más bien se recibe a sí mismo. Entonces el alma ha contemplado el bien supremo, lo que no puede ver ningún ojo mortal y que jamás puede ser olvidado. Entonces la personalidad recibe el espaldarazo que la ennoblece para toda la eternidad. Se convierte en lo que ya había sido, se hace a sí misma. Como un heredero, aunque lo fuera de los tesoros de todo el mundo, no posee su herencia hasta que alcanza la mayoría de edad así tampoco la personalidad incluso la más rica, no es nada antes de haberse elegido a sí misma, y la más pobre que pueda imaginarse lo es todo en cuanto se elige a sí misma. Porque la grandeza no consiste en esto o en aquello, sino que radica en el hecho de ser uno mismo, y ello está en el poder de cualquier hombre serio, si él lo quiere”.

De acuerdo a estas ideas, existir significa realizarse a sí mismo por medio de la libre elección y por el propio compromiso. Existir, por tanto, significa llegar a ser cada ves más un individuo, y cada vez menos un simple miembro de un grupo. Significa, en otras palabras, “trascender la universabilidad en beneficio de la individualidad.” La existencia implica la libertad de elegir una cosa y rechazar otras (o lo uno o lo otro). Las antítesis son dos polos distintos que no tienen necesidad de encontrar un tercero que las mediatice.


La angustia

Søren Kierkegaard ha relacionado existencia con posibilidad. Pero toda posibilidad es, además de posibilidad-de-que-sí, posibilidad-de-que-no. El hombre se encuentra ante un abanico abierto de posibilidades, posibilidades que anonadan, porque pueden no-ser. Al chocar entre sí las posibilidades, unas llevan consigo la nihilidad de otras. En la existencia se experimenta la nada. Así, la posibilidad aniquiladora de lo posible, la posibilidad de la nada, se constituye en el horizonte de lo paralizante: “Lo que yo soy es una nada” (Diario íntimo). Pero la pregunta crucial es “¿Cómo se relaciona el espíritu consigo mismo y con su condición? Respuesta: Esa relación es la angustia.”

El objeto de la angustia es la nada; “la angustia y la nada son siempre correspondientes entre sí. La angustia queda eliminada tan pronto como aparece de veras la realidad de la libertad y del espíritu.La libertad aparece "ante sí misma en medio de la angustia de la posibilidad, o en medio de la nada de la posibilidad (…)"

La angustia está directamente relacionada con la libertad ya que “la angustia es la aparición de la libertad en cuanto posibilidad frente a la posibilidad”. Y como la existencia humana es pura posibilidad, resulta que la existencia es, en una palabra, angustia. Ella es la categoría fundamental que define la relación del hombre con el mundo. La posibilidad aniquiladora de lo posible engendra la angustia en el hombre.
Kierkegaard es un pensador religioso y, por lo tanto, para él, la angustia surge con la prohibición: “Tan sólo del árbol de la ciencia del bien y del mal no puedes comer”. Es natural que Adán no entendiese realmente estas palabras, pues ¿cómo había de entender la distinción del bien y del mal, si esta distinción era el resultado de probar la fruta del árbol? La prohibición angustia a Adán, pues ella despierta la posibilidad de la libertad. Lo que le angustia es la posibilidad angustiosa de poder. Sin embargo, en cuanto a lo que puede, Adán todavía no lo sabe. “La posibilidad de la libertad consiste en que se puede. (…) La angustia es una libertad trabada, donde la libertad no es libre en sí misma, sino que está trabada (…) por sí misma.”

Lo posible está relacionado con lo futuro y es por eso que la angustia también está relacionada con éste. “A veces (…) solemos decir que nos angustiamos del pasado, (…) pero para que el pasado me cause angustia es necesario que esté en una relación de posibilidad conmigo. Si me angustio por una desgracia pasada no es precisamente en cuanto pasada, sino en cuanto pueda repetirse, es decir, hacerse futura. Si tengo angustia por una mala acción pasada, entonces es que no la he relacionado esencialmente conmigo en cuanto pasada, sino que hay algo en mi vida (…) que la impide ser pasada. Pues si realmente fuese pasada, entonces no podría angustiarme, sino sólo arrepentirme.”

La angustia se diferencia del miedo o de otros conceptos similares ya que “todos estos conceptos se refieren a algo concreto [real o imaginario], en tanto que la angustia es la realidad de la libertad en cuanto posibilidad frente a la posibilidad.”
En este sentido, la angustia apunta hacia lo indefinido y lo indeterminado.
Kierkegaard define a la angustia como “una antipatía simpática y una simpatía antipática.” Se refiere a un estado ambiguo que, a un mismo tiempo, produce atracción y rechazo. De cualquier manera, la angustia es positiva ya que es en sí misma posibilidad de libertad con todo lo que ella trae aparejado: la posibilidad de elegir bien o la posibilidad de elegir mal. En su análisis religioso esta elección concierne a las elecciones que se hacen en el presente, la vida misma, en relación con el futuro de una vida del más allá. Elecciones que nos puede llevar a la santidad y a la salvación, pero también a la condenación eterna.

Más allá de esta interpretación religiosa, que no comparto, lo cierto es que este pensador danés puso por primera vez en el foco un tema que aún hoy es vigente y que ha sido tratado tanto por la filosofía como por la psicología que lo precedió: la angustia existencial. Retomarlo implica repensar un tema que me despierta, en lo personal, algunos interrogantes: ¿si la angustia es un sentimiento que surge ante la libertad, ante un mar de posibilidades (y cada vez más), no parece absurdo que nos angustiemos?, ¿por qué debería angustiarme el ser libre?, ¿no es acaso eso lo que todos perseguimos y defendemos? Pero resulta que hombres y mujeres, en la cotidianeidad de nuestras vidas, muchas veces confundimos libertad con la simple elección ante un número limitadísimo de posibilidades. Mientras que las posibilidades, si no son infinitas, son muchas más de las que usualmente consideramos. ¡Si la angustia es una experiencia que me permite abrir el campo perceptivo de más posibilidades, bienvenida sea! Todo sea por tiempos mejores...


BIBLIOGRAFÍA
Kierkegaard, Søren. El concepto de la angustia. Traducción directa del danés, prólogo y notas de Demetrio G. Rivero. Hyspamerica, Buenos Aires, 1984.

6.4.08

PENSAMiENTOEMOCióN


Los pensamientos como condicionantes
de las emociones.
(Resumen de un artículo de la filósofa española Mónica Cavallé*.)


No somos pasivos frente a nuestras emociones. Sólo nuestros pensamientos pueden provocarnos daño emocional. Nosotros mismos nos causamos ese daño con nuestro diálogo interno. Este diálogo interno, mediante el cual nos repetimos determinadas ideas y frases, precede y acompaña siempre a nuestras emociones, y es a través de él como nos damos argumentos a nosotros mismos para sentirnos como nos sentimos. Las emociones se mantienen y alimentan voluntariamente mediante las evaluaciones e interpretaciones que hacemos y ratificamos. Comprender esto es una clave decisiva para el logro de la libertad interior, pues si somos responsables de nuestros estados de ánimo, también está en nuestras manos superarlos y/o transformarlos.


Existe un prejuicio muy extendido: el que separa radicalmente el pensamiento de la emoción, como si ambos constituyeran dos elementos de nuestra experiencia disociados e, incluso, dicotómicos. En contra de esta idea Cavallé se remonta al siglo I d.C para recoger las enseñanzas de Epicteto y seguir sosteniendo con él la idea de que pensamiento y emoción están íntimamente ligados.

Epicteto fue uno de los representantes del último período del estoicismo. Esclavo de nacimiento, quedó en libertad en su madurez, pero tuvo que exiliarse a Nicópolis cuando, por un decreto, expulsaron a los filósofos de Roma. En Nicópolis creó su escuela de filosofía y fue maestro, entre otros, de Marco Aurelio. No escribió nada, pero algunos diálogos fueron recogidos por uno de sus discípulos, Flavio Arriano. (Disertaciones por Arriano y el Manual).


Ideas centrales de las enseñanzas de Epicteto:

NO SON LAS COSAS LAS QUE NOS DISTURBAN,
SINO NUESTRO JUICIO SOBRE LAS COSAS.


“Los hombres se ven perturbados no por las cosas, sino por las opiniones sobre las cosas. Como la muerte, que no es nada terrible (…) sino que la opinión sobre la muerte, la de que es algo terrible, eso es lo terrible. Así que cuando suframos impedimentos o nos veamos perturbados o nos entristezcamos, nunca responsabilicemos a otros, sino a nosotros mismos, es decir, a nuestras opiniones. Es propio del profano reclamar a los otros por lo que uno mismo ha hecho mal; el reclamarse a sí mismo, propio del que ha empezado a educarse; propio del instruido, el no reclamar ni a los otros ni a sí mismo” (Manual, 5)

Según Epicteto,
  • Toda emoción presupone un juicio de valor o pensamiento, y todo pensamiento o juicio conlleva una emoción. Forman una unidad indisoluble.
  • Las emociones no son ciegas o arbitrarias, sino el reflejo de nuestra forma de interpretar lo que es y sucede.
  • No somos víctimas pasivas de nuestros impulsos, deseos o aversiones, pues no es posible desear algo que no se haya juzgado previamente como conveniente.
  • Pensamientos y emociones no tienen lógicas diferentes ni están desconectados. Si así lo parece es porque la dimensión cognoscitiva de la emoción y del impulso suele pasarnos desapercibida; ya que se hallan incorporados de forma casi automática en nuestro lenguaje y en nuestro diálogo interno, y proceden de la cultura, de la visión de las cosas que se nos ha inculcado, de nuestro condicionamiento psico-biográfico, etc.
No nos afectan los hechos sino nuestras interpretaciones de los hechos. Cuando experimentamos daño emocional, en último término, son nuestros propios pensamientos los que nos dañan.


SOMOS SIEMPRE LIBRES PARA INTERVENIR
EN EL ÁMBITO DE NUESTRAS REPRESENTACIONES.


Para Epicteto la palabra «representación» significa la unidad indisoluble de juicio, emoción e impulso. Pero por debajo de nuestras representaciones existe una dimensión más originaria:
  • Discernimiento. La capacidad de discernir entre las representaciones, de distinguir entre las que se ajustan o no a la realidad, de elegir entre unas u otras y de asentir o no a las representaciones automáticas.
  • Libertad.En la posibilidad de discernir está implícita la libertad, lo que nos posibilita no ser arrastrados por nuestras representaciones espontáneas. Nada ni nadie puede arrebatarnos esta libertad originaria, ni ponerle impedimentos; ella es la única que puede obstaculizarse o ponerse impedimentos a sí misma.
  • Identidad. Discernimiento y libertad es lo único que nos es realmente propio y lo único de lo que no podemos ser desposeídos. En ello reside nuestra identidad que es lo que define nuestra humanidad. Eso es lo que esencialmente somos, y ahí, y sólo ahí, radica nuestra dignidad.
“Por eso, cuando hay algún estruendo terrible procedente del cielo o del hundimiento de un edificio, o un anuncio repentino de no sé qué peligro, o sucede alguna otra cosa del mismo tipo, es de necesidad que se conmueva, contraiga y palidezca también un poco el alma del sabio, no por estar atrapada por la sospecha de algún mal, sino por algunos movimientos rápidos y automáticos que se adelantan al oficio de la mente y la razón. Sin embargo, un momento después, ese mismo sabio no aprueba esas representaciones terroríficas en su ánimo, sino que las aparta y las rechaza y no le parece que haya en ellas nada de temible (...) tras conmoverse en el color y en el rostro breve y rápidamente, mantiene el estado y el vigor de su opinión, la que tuvo siempre sobre las representaciones de este tipo: la de que son cosas que no hay que temer en absoluto aunque asusten con su aspecto falso y su terror ilusorio” (Fragmentos, IX)

Podemos ser en todo momento los señores de nuestras representaciones. Incluso cuando lo que nos asaltan son representaciones automáticas, que surgen en nosotros como respuestas condicionadas por nuestro instinto biológico de supervivencia o por nuestro condicionamiento psico-biográfico, somos siempre libres de observarlas, de discernir acerca de su conveniencia o incorrección, de su mayor o menor adecuación con la realidad, y de asentir o no a ellas.


LA DISTINCIÓN ENTRE
LO QUE DEPENDE DE NOSOTROS

Y LO QUE NO DEPENDE DE NOSOTROS.


“De lo existente, unas cosas dependen de nosotros; otras no dependen de nosotros. De nosotros dependen el juicio, el impulso, el deseo, el rechazo y, en una palabra, cuanto es asunto nuestro. Y no dependen de nosotros el cuerpo, la hacienda, la reputación, los cargos y, en una palabra, cuando no es asunto nuestro. Y lo que depende de nosotros es por naturaleza libre, no sometido a estorbos ni impedimentos; mientras que lo que no depende de nosotros es débil, esclavo, sometido a impedimentos, ajeno. Recuerda, por tanto, que si lo que por naturaleza es esclavo lo consideras libre, y lo ajeno, propio, sufrirás impedimentos, padecerás, te verás perturbado, harás reproches a los dioses y a los hombres, mientras que si consideras que sólo lo tuyo es tuyo y lo ajeno, como es en realidad, ajeno, nunca nadie te obligará, nadie te estorbará, no harás reproches a nadie, no irás con reclamaciones a nadie, no harás ni una sola cosa contra tu voluntad, no tendrás enemigos, nadie te perjudicará ni nada perjudicial te sucederá” (Manual, I)

Lo que depende de nosotros está sometido al albedrío; nunca nos puede ser arrebatado; depende del uso correcto de las representaciones

Lo que no depende de nosotros es ajeno al albedrío: la fama, la aprobación ajena, la salud, la riqueza, nuestra suerte y la de nuestros seres queridos, etc. Lo que no depende de nosotros es, en último término, indiferente, no es intrínsecamente ni bueno ni malo, no nos hace ni mejores ni peores seres humanos.

“(...) la divinidad hizo a todos los hombres para ser felices, para vivir con equilibrio. Para eso nos dio recursos, entregando a cada uno unos como propios y otros como ajenos. Los que pueden ser impedidos y arrebatados y los coercibles no son propios, y son propios los libres de impedimentos. Pero la esencia del bien y del mal (…) reside en los propios” (Disertaciones, III, XXIV)

Por ejemplo, podemos y debemos cultivar una buena salud y prevenir la enfermedad, pero muchos de los factores que confluyen en nuestro estado de salud y lo posibilitan u obstaculizan escapan a nuestro control. Por eso, aunque la salud y la enfermedad pueden considerarse, respectivamente, un bien y un mal relativos, en ningún caso constituyen un bien y un mal absolutos. No es mejor hombre el sano que el enfermo. En cambio, el hombre que acepta serenamente su padecimiento sí es mejor ser humano (más fiel a su humanidad) que el que se deja arrastrar por la aprensión o el desaliento, que el que adopta aires de víctima y hace un drama de su mala salud, o bien, que aquel al que, estando sano le carcome el temor y la aprensión ante la enfermedad. El primero sabe a ciencia cierta que a su esencia y verdad profunda no le afecta el hecho de que esté sano o enfermo y que, en cambio, sí le concierne el modo en que se relacione con su estado y, en general, con todo lo que es y sucede.



Perturbación emocional y pensamiento ilusorio

Mónica Cavallé sostiene que las emociones se desenvuelven entre:
  • un polo mental (el elemento cognitivo de la emoción, las evaluaciones o juicios valorativos)
  • y un polo corporal (una conmoción somática, ciertas sensaciones físicas).
Desde la dimensión corporal, factores estrictamente físicos o fisiológicos pueden predisponer a un estado de ánimo específico. Pero aún así, la emoción sólo se instala en nosotros a través del elemento evaluativo.

“Hemos de saber que no es fácil que una opinión acompañe al hombre a menos que uno la diga y la oiga cada día y, al tiempo, se sirva de ella en su vida” (Fragmentos, XVI)

Las teorías psiquiátricas o psicoterapéuticas, sostiene Cavallé, que han otorgado un peso absoluto a los factores somáticos o a los primeros condicionantes de la infancia pasan por alto que, si esos condicionantes siguen teniendo poder sobre nosotros, es porque llegaron a formar parte de nuestro lenguaje habitual y se mantuvieron así, estructurados bajo la forma de consignas, creencias, ideas y premisas básicas sobre la realidad. Así, por ejemplo, un niño que no fue amado en su infancia puede seguir sufriendo de adulto las consecuencias de esa herida psíquica en la forma de una apremiante necesidad de ser amado y un gran miedo al abandono, una necesidad y un temor desordenados que le impiden establecer relaciones armoniosas. Ahora bien, ese trauma no seguiría vivo si la persona en cuestión no hubiera seguido pensando y repitiéndose desde su infancia hasta la edad madura, de forma más o menos consciente, que -por ejemplo- “no ser aprobado es algo terrible”, que “no ser correspondido por alguien al que amamos significa que no merecemos ser amados” y que “el abandono emocional es algo sencillamente insoportable”. La persona que cree reaccionar una y otra vez condicionada por su trauma pasado, puede comprobar a través de un ejercicio honesto de auto-observación atenta, cómo esas reacciones emocionales sólo afloran si en su diálogo interno se repite cierto tipo de afirmaciones antes y durante la expectativa o la experiencia actual (real o imaginaria) del rechazo emocional. Esta es una idea central de la terapia racional-emotiva de Albert Ellis, quien afirma que “(...) la conducta neurótica está condicionada no sólo por el exterior, o adoctrinada en los primeros momentos de la vida, sino que es también un adoctrinamiento interno o autosugestión del individuo, repetido una y otra vez, hasta llegar a ser parte integrante de la filosofía de la vida que tiene en ese momento” .

Podemos modificar nuestras «emociones negativas» cuestionando y modificando ciertas ideas que han llegado (a veces inadvertidamente) a formar parte de nuestras filosofías de vida.


«Emociones negativas» son las que ocasionan un sufrimiento inútil e innecesario, que resultan de la no aceptación de la realidad, de los otros o de nosotros mismos, que son paralizantes y autodestructivas y que impiden adoptar actitudes positivas y creativas. El dolor o la tristeza no son emociones negativa cuando son la repuesta coherente y proporcionada a una situación, por ejemplo, a la pérdida de un ser querido. La angustia, la desesperación o la depresión sí serían, en cambio, respuestas emocionales negativas ante dicha situación, pues no se explican directamente por el hecho en sí, sino siempre por la mediación de una determinada y cuestionable forma particular de interpretarlo.

Según Epicteto, emociones negativas como depresión, ansiedad, culpabilidad, ira o deseo de venganza están provocadas por pensamientos erróneos o ilusorios; se sustentan en juicios deficientes sobre la realidad y, por ello, son siempre manifestaciones de ignorancia. En último término, esos juicios errados presuponen falta de claridad en:
  • lo qué depende de nosotros;
  • lo que no depende de nosotros;
  • lo que no depende de nosotros y es neutro, es decir, no es intrínsecamente ni bueno ni malo.
Las emociones negativas pueden basarse en:
  • La creencia distorsionada de que tenemos o debemos tener control sobre aquello que, en último término, no lo tenemos. Esta creencia nos lleva a la no aceptación de lo inevitable: los límites, lo pasado, la muerte, el dolor y la enfermedad, lo imperecedero, la impredecibilidad, etc. De esto surgen la ansiedad, el temor crónico y la preocupación excesiva, el pánico, las supersticiones, formas inmaduras de religiosidad, movimientos denominados “nueva era” que sostienen que somos los creadores, ya no sólo de nuestros estados internos, sino también de la totalidad de nuestras circunstancias externas.
  • La percepción errada que nos hace sentirnos pasivos ante situaciones en las que sí tenemos capacidad de influir, por ejemplo: cuando justificamos nuestras reacciones o emociones negativas diciendo que “es que somos así”, que “cómo no vamos a estar desmotivados cuando todo es tan poco estimulante”, que “cómo no vamos a estar deprimidos si el mundo es como es”, etc. Este espectro emocional comprende desde la desmotivación y la sensación de pérdida de control y de autodominio hasta el desamparo, la depresión profunda y la falta absoluta de esperanza.
“Pon al punto tu esfuerzo en responder siempre a toda representación áspera: ‘Eres una representación y no, en absoluto, lo representado’. Y luego examínala y ponla a prueba mediante las normas esas que tienes y, sobre todo, con la primera, la de si versa sobre lo que depende de nosotros o sobre lo que no depende de nosotros. Y si versara sobre lo que no depende de nosotros, ten a mano lo de que: ‘No tiene que ver conmigo’” (Manual, 1)

Según Epicteto, siempre está en nuestras manos la capacidad de “reencuadrar” toda situación, y convertirla en una ocasión de crecimiento. Ante la mayoría de nuestros conflictos, una de las cosas que es preciso comprender es de qué modo nos hemos auto-sugestionado con una determinada interpretación de la realidad, una interpretación ilusoria que obstaculiza la actitud creativa y activa y que nos hace olvidar que absolutamente todo puede ser ocasión de crecimiento esencial.


* Mónica Cavallé es doctora en Filosofía y asesora filosófica.

BIBLIOGRAFÍA
Cavallé, Mónica. El asesoramiento filosófico y las emociones: una lectura de las enseñanzas de Epicteto en Revista E.T.O.R. (Educación, Tratamiento y Orientación Racional). Sevilla 2003